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Por José Manuel Sanz

El factor humano en la era del algoritmo: la cara B de la consultoría de IA

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Cuando una empresa decide incorporar inteligencia artificial o automatizar procesos, la conversación suele quedarse en la superficie técnica. Se debate sobre qué herramienta elegir, cuánto tiempo se ganará en las operaciones o en qué mes se empezará a recuperar la inversión. Sin embargo, al pisar el terreno real y empezar a trabajar con los equipos, queda claro que la parte compleja del proyecto rara vez está en el código.

La dificultad reside en las personas y en la cultura organizativa. Uno de los frenos más habituales es la resistencia al cambio, que pocas veces se manifiesta de forma directa. Casi nadie dice abiertamente que rechaza el nuevo sistema, pero en la práctica el equipo continúa trabajando con las inercias de siempre. Ocurre, por ejemplo, cuando se despliega una plataforma para centralizar las incidencias de clientes y, semanas después, se descubre que alguien sigue alimentando una hoja de cálculo paralela por su cuenta. La herramienta funciona y los procesos están bien definidos, pero falta la confianza en el sistema. Es una brecha que no se soluciona instalando más software.

El choque entre la expectativa y la madurez de los datos

En el extremo opuesto aparece el problema de las expectativas. Es frecuente que desde la dirección se impulsen iniciativas de inteligencia artificial muy ambiciosas cuando la base operativa aún presenta carencias elementales. Se busca, por ejemplo, predecir la demanda del próximo trimestre con algoritmos avanzados mientras la información sobre el stock está dispersa en varios archivos, se actualiza con retraso o contiene errores constantes. Hacer comprender a un comité de dirección que el fallo no está en el modelo proyectado, sino en la mala calidad de los datos que lo alimentan, exige una labor pedagógica que no siempre resulta cómoda ni bienvenida.

La brecha entre la velocidad tecnológica y el ritmo humano

A esto se suma una evidente falta de sintonía en las velocidades. La evolución tecnológica sigue un ritmo que muchas empresas, por no decir la mayoría, no pueden replicar. Un desarrollo puede actualizarse por completo en cuestión de meses, mientras que consolidar una nueva dinámica de trabajo en un grupo humano requiere un tiempo de aprendizaje y maduración muy distinto. Es habitual proyectar la siguiente fase de un proceso cuando parte de la plantilla todavía está intentando asimilar los cambios de la primera.

Transformar hábitos antes que instalar software

Implantar estos procesos no consiste únicamente en conectar interfaces, ajustar parámetros o dibujar flujos de trabajo. Implica modificar hábitos cotidianos, redistribuir responsabilidades y transformar métodos que llevan años consolidados. Por muy sólida que sea la propuesta técnica, si las personas no comprenden el propósito de la herramienta, no se fían de ella o no disponen del margen necesario para adaptarse, la implantación acaba derivando en un sistema impecable que nadie utiliza y, por tanto, en un fracaso.

La tecnología permite optimizar y acelerar tareas, pero conseguir que una organización evolucione sigue siendo, antes que nada, una labor de gestión humana. Y eso no entiende de algoritmos, pero sí de muchos cafés.